La leyenda del maíz



(Tomado de la novela “Jaraguá” de Napoleón Rodríguez Ruìz)

Sal y frijoles. Eso es el gran banquete del indígena salvadoreño. Banquete que no varía jamás en los tres tiempos del día, salvo alguna época extraordinaria(por extraordinaria rarisíma), en que consume su gallinita, la cual ha logrado criar con sacrificios cruentos.

Las aves de corral constituyen casi siempre su único haber. Y, rara vez se las come, porque sirven para procurarse algún ingreso monetario, fuera de su pequeñisimo jornal. Ingreso que utiliza para vestir y curar a los hijos.

Sin embargo, el maíz es el manjar maravilloso. Grano sagrado, hostia bendita que conserva como por obra de milagro, fuertes los músculos y fuerte el corazón.

Fue un princípe indígena, que enamorado de la hija de un jefe pipil, suplicó a lamadre, poderosa señora de una comarca, que dijera al padre de la doncella si le concedía la merced de desposarla con el hijo amado.

El cacique indígena estaba en plena guerra con unas tribus vecinas que habían invadido sus dominios.

Decaído y agitado estaba porque no tenía con que alimentar a sus tropas, y los soldados, hambrientos, desertaban o se negaban a luchar.

La guerra estaba perdida. Y con la pérdida, vendría la esclavitud afrentosa para todos. Extinción de los dominios y fenecimiento del poder y señorío.

Fue entonces que, como un presente generosos, y haciendo un sacrificio superior a sus fuerzas, ofreció dar a su hija amor de sus amores, el gran cariño de su corazón, al que inventara o trajera alguna sustancia que le permitiera alimentar a sus numerosos vasallos con eficacia y a poco costo.

Ninguno, no obstante la valía del pago,sugirió algo sobre lo que el afligido cacique pedía. Con lo que la ofrendada princesa, pudo dormir tranquila siquiera por unos días más mientras a algún vasallo inteligente, se le ocurriera algo, en lo que al arte culinario, sin olvidar la economía, se refiere.

Reunidos se hallaban en gran consejo los grandes dignatarios de la tribu.

Los sacerdotes poderosos golpeaban la frente contra el suelo, implorando una inspiración divina que los pusiera en camino de hallar la codiciada sustancia.

El desaliento era general y en vista de la inutilidad de todos los esfuerzos, el principió a dar las órdenes para una rendición honrosa.

Humillación horrible era aquella. Pero inevitable. Pasaría por ese martirio, con tal de que le respetaran a su hija y le permitieran retirarse con ella a las montañas, para llorar allá sus pasadas grandezas.

En ese instante solemne en que se barajaban los destinos de miles de hombres, llegaba el mensajero de la gran señora.

Expuso los deseos del princípe y entregó las manos del gran sacerdote, el presente de que era portador.

Abrieron la bolsa hecha de piel de tigre, y contemplaron asombrados la originalidad del regalo.

Eran unas mazorcas de granos color lila, blanco y amarillo.

Intrigado el cacique preguntó:

-¿Qué cosa es lo que me envía tu gran señora?…No he visto esto en parte alguna, y esto que he peregrinado por muchas y extrañas tierras, en las que  he visto cosas igualmente extrañas.¿Es un fruto, un mineral, o un objeto maléfico, fabricado por algún dios extranjero?

Y el mensajero grave y solemne, como debe de ser un diplomático, aunque sea indio, contestó:

-Mi señora te envía, poderosos señor, el manjar de los milagros.

-¿Y que virtud tiene para hacer milagros?

-Comiendo de él, nadie se muere de hambre, aunque sólo eso se coma. Da fuerzas ánimo y valor a los guerreros.

-¿Cómo es eso?- dijeron todos los concejales a un tiempo.

-Lo que oyen, y mi señora ofrece al gran cacique darle lo necesario para alimentar a sus valientes, a cambio de que le haga la merced el gran señor de esta tribu de darle por darle por esposa a su hijo, que ya es casadero, a la hija muy honorable del gran señor.

-Concedido, pero antes le dirás que quiero tener aquí el maravilloso manjar.

Así fue como los patios de los palacios, de las fortalezas y de los templos, se llenaron de hermosisimas mazorcas, que brillaban al sol con relámpagos de esperanza.

Y todas las indígenas jóvenes trabajaron en la hechura de las conservas, con el grano de los milagros.

Y la princesa y el primogénito se desposaron. Y cuenta la tradición que jamás se vio en tierra de aquellas tribus pareja más simpática y fiel cumplidora de los deberes del matrimonio. El era guapo como el que más. Y ella linda y pura como un rayito de sol de primavera.

Tal es la leyenda.

Por eso el maíz es fuente de amor y fraternidad.

Frente a los maizales en flor, surge la paz, el sosiego y la prosperidad…

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